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Historia del autismo

  • Foto del escritor: Carlos Frutos Cañizares
    Carlos Frutos Cañizares
  • 18 ene 2024
  • 4 min de lectura

Actualizado: 1 feb 2024



El autismo es una condición neurológica que se manifiesta desde la infancia y que implica una forma diferente de percibir y relacionarse con el mundo. Aunque el autismo se ha estudiado desde hace más de 80 años, todavía hay muchos mitos y desconocimiento sobre esta realidad. En este artículo, vamos a repasar la historia del autismo, desde sus primeras descripciones hasta los avances más recientes en el campo de la investigación, la educación y la inclusión social. También vamos a conocer algunas de las personas que han marcado un antes y un después en el ámbito del autismo en España, tanto por su labor profesional como por su testimonio personal.


Los orígenes del autismo: Kanner y Asperger


El autismo fue identificado por primera vez en 1943 por el psiquiatra Leo Kanner, que observó a un grupo de 11 niños con un patrón común de comportamiento: aislamiento social, dificultad para comunicarse, intereses restringidos y repetitivos, y resistencia al cambio. Kanner acuñó el término "autismo infantil precoz" para referirse a esta condición, que consideraba una forma de psicosis infantil.


Un año después, en 1944, el pediatra Hans Asperger publicó un artículo sobre otro grupo de niños con características similares a los de Kanner, pero con un nivel de inteligencia normal o superior. Asperger llamó a esta condición "psicopatía autista" y destacó el potencial creativo y original de estos niños. Sin embargo, el trabajo de Asperger pasó desapercibido hasta los años 80, cuando se tradujo al inglés y se empezó a reconocer el síndrome de Asperger como una forma de autismo de alto funcionamiento.


La evolución del concepto de autismo


En los años 60, el concepto de autismo cambió radicalmente gracias a los estudios de Bernard Rimland, que demostraron que el autismo no era una forma de esquizofrenia infantil ni una consecuencia de una mala relación materno-filial, como se creía hasta entonces. Rimland defendió que el autismo era una alteración biológica del sistema nervioso central, con una base genética y ambiental.


En los años 70 y 80, se desarrollaron los primeros instrumentos para diagnosticar el autismo, como la Escala de Observación para el Diagnóstico del Autismo (ADOS) o el Inventario para el Espectro Autista (ATEC). También se empezaron a diseñar programas específicos de intervención educativa, basados en principios conductuales y cognitivos, como el Análisis Aplicado del Comportamiento (ABA) o el Modelo TEACCH.


En los años 90, se introdujo el concepto de espectro autista para reflejar la diversidad y la heterogeneidad de las personas con autismo. El espectro autista engloba diferentes trastornos del desarrollo que comparten dificultades en la comunicación, la interacción social y la flexibilidad cognitiva, pero que varían en su grado de severidad y en sus manifestaciones individuales. Algunos de estos trastornos son el trastorno autista clásico, el síndrome de Asperger, el trastorno desintegrativo infantil o el trastorno generalizado del desarrollo no especificado.


En 2013, se publicó la quinta edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5), que eliminó las categorías anteriores y las sustituyó por un único diagnóstico: trastorno del espectro autista (TEA). El DSM-5 establece dos criterios principales para diagnosticar el TEA: déficits persistentes en la comunicación y la interacción social; y patrones restrictivos y repetitivos de comportamiento, intereses o actividades. Además, se especifica el nivel de apoyo requerido por cada persona con TEA según su grado de afectación funcional.


El estado actual del autismo


En la actualidad, se estima que el TEA afecta a uno de cada 100 niños en todo el mundo, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). El TEA es más frecuente en los varones que en las mujeres, con una proporción aproximada de cuatro a uno. Sin embargo, algunos estudios sugieren que el TEA puede estar infradiagnosticado en las mujeres, debido a que presentan síntomas menos evidentes o más adaptados socialmente.


El TEA es una condición que acompaña a la persona a lo largo de toda su vida, aunque sus manifestaciones pueden cambiar con el tiempo y con la intervención adecuada. El TEA no tiene cura, pero se puede mejorar la calidad de vida de las personas con TEA y sus familias mediante un abordaje multidisciplinar e individualizado, que incluya apoyos educativos, terapéuticos, sanitarios y sociales.


El autismo en España


En España, el autismo se reconoció como una discapacidad en 1982, tras una larga lucha de las familias y las asociaciones. Desde entonces, se han creado diversas entidades y federaciones que defienden los derechos y promueven la inclusión de las personas con TEA, como Autismo España, Confederación Autismo España o Federación Autismo Madrid.


Además, se han impulsado diferentes iniciativas legislativas y políticas para mejorar la atención al autismo en nuestro país, como la Estrategia Española en Trastornos del Espectro del Autismo (2015), el Plan de Acción de la Estrategia Española en Trastornos del Espectro del Autismo (2018-2020) o el Real Decreto por el que se regula el reconocimiento del grado de discapacidad a las personas con trastorno del espectro autista (2020).


Asimismo, se ha avanzado en el campo de la investigación y la formación sobre el autismo, gracias al trabajo de profesionales e instituciones como el Instituto de Salud Carlos III, el Centro de Referencia Estatal de Autismo (CREA), la Universidad Autónoma de Madrid o la Universidad de Salamanca.


Finalmente, se ha visibilizado y valorado el papel de las personas con TEA como agentes activos de su propio desarrollo y participación social, a través de testimonios como los de Miguel Gallardo, autor del cómic María y yo; Daniel Comín, creador del portal Autismo Diario; o Mónica Galán, presidenta de la Asociación Asperger Madrid.


El futuro del autismo


El autismo es una realidad compleja y diversa, que plantea muchos retos y oportunidades para la sociedad. El futuro del autismo pasa por seguir avanzando en el conocimiento científico sobre sus causas, características y tratamientos; por garantizar una detección precoz y una intervención integral y personalizada; por fomentar la educación inclusiva y la transición a la vida adulta; por promover el empleo, la autonomía y los derechos de las personas con TEA; y por sensibilizar y concienciar a la población sobre el valor y el potencial de las personas con TEA.


El futuro del autismo depende también de ti. ¿Qué puedes hacer para contribuir a un mundo más inclusivo y respetuoso con la diversidad? Te invitamos a que nos lo cuentes en los comentarios.


 
 
 

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